La guerra de la panqueca

Un par de campanas se escucharon a lo lejos. Luego una simple campana. Era el resonar constante con el ritmo de los mensajeros que cubrían las calles de piedra humedecidas por el frío. El hombre movía su campana con la mano izquierda y con la derecha repartía un par de hojas con letras gruesas en tinta azul. Hundía la mano en su bolsa de mensajero, excavaba en la masa de papeles y extendía uno a la puerta que se abría antes de que llegase. Una tras otra, recibían su mensaje y se cerraban tras él. Era como si cada mensajero pudiese controlar las puertas a distancia.
El hombre se aproximó a un casa de madera, como las demás, de dos pisos que hacía valle con sus vecinos. Una mujer enfundada en suéteres abrió la puerta, estiró la mano desnuda y tomó el papel.

Empujaba la máquina de un lado a otro. Recorría las calles sonriente, a velocidad estable, hacía parecer que aquella máquina con mil partes móviles fuese un animal domado, como si las pequeñas llantas que saltaban en los enladrillados caminos estuviesen tan aceitadas que la fricción fuera nula. Se detenía, y tomaba aquel lugar. Su presencia hacía de un lugar, un lugar. El hambriento aroma se elevaba y dispersaba por todas las calles adyacentes, endulzando las paredes y los caminos, volviendo el aire cálido y agradable. Cada transeúnte se veía abrazado por ese aroma, todos sabían de que se trataba. Cerca, en la calle de a lado, aquella con la que cruzaba, o incluso, en esa misma, se encontraba el vendedor de panquecas.
Con las manos en la máquina movía un par de palancas, hacía girar un par de manivelas, abría un par de tapas y cerraba un par de escapes de aire a presión. Aquellos movimientos atraían miradas curiosas de ojos pequeños y manitas inquietas. Adultos, padres, curiosos, antojadizos, caminaban intentando frenar cada uno de sus pasos. Querían hacer parecer que aquel aroma no los había hechizado, que aquella era su ruta de todos los días.
Hábil, como si la máquina con mil salidas de aire caliente y un par más de manivelas fuese un juego de niños, hacía bailar las manos alrededor de la máquina. Movía aquí y allá, los ojos de los niños saltaban inquietos con el danzar de la manos del vendedor. No importa que tan familiarizado estuviese uno con el espectáculo, el vendedor hacía parecer que la panqueca podía salir de cualquier lugar de la máquina, como si pudiese manipular a gusto las boquillas, el horno, la masa, el vapor y el calor que desprendía. Un par de movimientos y las panquecas respiraban. Exhalaban un cálido abrazo de masa dulce, el vendedor tomaba cada una con cariño y, con ayuda de un trozo de papel, las embadurnaba de crema y repartía a cada niño. Ellos, en cambio, se colocaban de puntillas alargando la mano y dejaban un par de monedas dentro de un pequeño bol metálico. Los niños pedían la panqueca más barata y simple, un poco de aquella masa dulce y caliente empapada de un cuchillo de crema acaramelada. El espectáculo para los adultos era similar aunque el vendedor sabía adaptar su acto. Las ordenes eran algo más complejas y, sobre todo, más elevadas tanto en precio como en la altura del producto final. El vendedor abandonaba su rostro juguetón y se concentraba. Escuchaba la orden, a veces pedía confirmación, los clientes se perdían en el mundo de las opciones y las mil salidas y entradas que aquella máquina tenía. A veces sugería, guardaba en su mente varias ordenes, todas tenían un nombre largo, para que el cliente indeciso optara por una de estas que el vendedor previamente había entrenado y era capaz de preparar con los ojos cerrados.
Servía a todos sus clientes, algunos le daban mordiscos al pan dulce de pie, a lado del vendedor. Otros optaban por retirarse. Y esta vez no fue diferente. Cada cliente fue servido, cada niño llenó las mejillas de crema dulce, cada panqueca fue pagada y el vendedor hizo un par de monedas más.
Un padre y su hijo pequeño se maravillaban con la máquina mientras sus ordenes eran preparadas cuando a lo lejos se escuchó un pitido: el escapar de vapor de agua caliente por una pequeña tubería con forma de pico de canario. Las piedras hacían rebotar las ruedecillas y la máquina traqueteaba colina abajo. Al fondo de la calle, entre las paredes que las casas de dos pisos amontonaban se podía oler, y también ver si uno no tenía una nariz antojadiza, un pequeño carrito con una máquina negra baleada de manijas y palancas. Se podía sentir el sabor de las panquecas al final de la calle, y también en el centro de ella. Un segundo vendedor se acercaba. Empujaba el carrito con la máquina con dificultad, pero no se detenía, era como si estuviese acostumbrado a mover aquel aparato productor de pan esponjoso y dulce colina arriba.
Acarició la panqueca con el cuchillo, la entrego al niño y sin hacer descansar la mirada sobre el hombre para esperar su pago, el vendedor se giró hacia su homónimo al final de la calle. Abandonó su máquina negra y su clientela. Dio un par de pasos. El otro vendedor lo notó. Hizo frenar las ruedas que transportaban la caldera y sin alejarse de su puesto, clavó la mirada en los ojos asesinos de su competencia.
—Tenemos que irnos —dijo el hombre a su hijo mientras guardaba un par de monedas de vuelta en su chaleco.
El vendedor abandonó su puesto y un par de pasos después se perfiló ante la competencia.
—Te dije que no te quería volver a ver por aquí —Los puños tensos y la quijada protuberante. No era peculiarmente alto pero el otro vendedor era peculiarmente encorvado.
—No puedes creer que la calle te pertenece —contestó acompañado de un ademán. La mirada la mantenía esquiva y la hacía saltar del pecho al rostro.
—Tú no terminas de entender. Lárgate, esta es mi zona —continuó. Había acortado la distancia entre los dos, quería dejar en claro el resoplar de su nariz en la calva de su competencia.
—Mira, tú vendes aquí un rato por las tardes, déjame la noche, hay menos clientes a esa hora. Y te sirve, de descanso.
Las hileras de casas alrededor se adornaban con simples macetas que derramaban plantas por la ventanas en los segundos y terceros pisos. Cada ventana era pequeña, cada casa era angosta, y aunque la más grande de aquella calle podía tener cuatro pisos, el techo hacía encorvar a cualquiera. Y en cada una de aquellas ventanas una ligera capa de polvo en las esquinas, un grueso cristal y un par de ojos presentes cuando los dos vendedores comenzaron a soltar puñetazos.

Canúl se miraba al espejo. Con una toalla húmeda limpiaba las heridas del rostro. Veía los moretones en los cachetes y los pequeñas brotes de sangre en los labios. No podría salir a vender por al menos una semana. A nadie le agrada un vendedor de panquecas con la cara destrozada. Los niños no se acercan y los adultos, bueno, los adultos hacen lo mismo pero con un paso más tranquilo.
—Es mi zona —se decía. Con voz firme.
—Es mi zona —se repetía mientras cambiaba la toalla y humedecía una nueva.
Llevaba un rato en aquel ritual que le seguía a cada una de esas peleas cuando su esposa, Lora, lo interrumpió moviendo la puerta del baño. Ella sabía de que se trataba y él sabía lo que ella haría para sacarlo de ahí. Cada esposo hizo su parte y fingió verse seducido por la parte del otro. Canúl no tenía hijos, su esposa nunca había hablado sobre el tema, y él sabía porqué. No era una mujer joven. Hace mucho estuvo casado con un vendedor de panquecas, el matrimonio no duró mucho y solo le dejó dolor.
La pareja vivía en una casa de madera, como las de sus vecinos, dos pisos, angostos y nada altos, pero eran dos pisos. A la izquierda, había una de tres pisos y a la derecha una de cuatro. La hilera de casas al frente estaba a unos escasos tres o cuatro metros lo que hacía que el frío se impregnara en las paredes y madera de cada edificio, parecía empalmarse, una capa sobre otra de aire helado y estéril. La temperatura siempre era baja en esa casa. En verano se podían sentir las paredes muertas, deshidratadas. En invierno, el frío tomaba vida y parecía abrazar a uno desde el techo, desde las paredes, desde la repisa arriba de la chimenea, la mesa en la cocina y el sofá en la sala, esa presencia constante penetraba la ropa, la piel y mordía los huesos con cierta paciencia. La piel se erizaba y, si uno no se cubría o se sentaba frente a la chimenea, la piel hacía sentir un dolor que solo el frío es capaz de despertar en el órgano.
La semana en que Canúl estuvo fuera del negocio la ciudad se siguió moviendo. Algunos días nevó, pero no lo suficiente para que la nieve se apilara en las calles. Las personas continuaron trabajando y los vendedores de la ciudad continuaron llevando panquecas a toda boca hambrienta.
La pareja decidió salir de aquellas calles familiares. Tomaron bufandas, suéteres y guantes. Y pusieron rumbo al parque más lejano en la ciudad. Los guantes le incomodaban al vendedor. Nunca los usaba, por más frío que hiciese la máquina mantenía sus manos cálidas.
Era temprano. La gente había comenzado con el trabajo. Había una que otra persona en el lugar. Un anciano los saludó, dio un par de pasos y se sentó sobre un banco hecho de piedra. Hacía frío pero no nevaba. La noche anterior la nieve había hecho acto de presencia, así que todo en la calle tenía una delgada capa de agua cristalizada. Era como si alguien hubiese tomado una delicada hoja de cristal y cubierto con aquel manto flexible toda la ciudad. Incluso las aves se veían cubiertas con aquel frío manto. Todo tenía el brillo peculiar del cielo nublado. Incluso los bancos de piedra del parque.
Canúl se quitó la bufanda y la colocó de asiento sobre la piedra. No hablaron. Por horas y horas ninguno de los dos abrió la boca. Ella sabía que estaba pensando, y el evitaba pensar en ello. No porqué no quisiese, simplemente no quería darle la razón a su esposa.
La temperatura se elevó, se deshicieron de sus guantes y dieron un par de vueltas por el parque para estirar las piernas. Vieron a un vendedor de panquecas en una esquina del parque, dieron la vuelta y había otro en la orilla contraria.
—A esta hora salen los niños de la escuela —dijo Canúl en voz baja.
Pronto el parque se vio poblado por toda clase de personas. En su mayoría padres y sus hijos. Los vendedores hicieron lo suyo. Canúl y Lora decidieron retirarse, ambos tenían hambre y no tenían idea de cuanto llevaban en el lugar.
Los colores y ritmo del lugar cambiaron. Los movimientos de las personas se aceleraron, los colores se transformaron en manchas café corriendo de un lado a otro con pequeños zapatos negros que brillaban con cada paso y perdían ese mismo brillo con la tierra y el polvo. Pequeñas sombras poblaron el lugar. Vendedores de dulces, de pequeños panfletos con dibujos para niños, de historietas. Y por supuesto los vendedores de panquecas. Era el mediodía, suéteres y guantes mostraban su otra cara, el aire cálido y el sol no querían mostrar la suya.
—Oye, recuerdo haber dicho ayer que no quería volverte a ver por aquí —se escuchó una voz lentificando el ritmo de los pasos y el dinero fluyendo de una mano pequeña a una mayor.
Una mirada fue la respuesta del hombre que contaba las monedas con los labios.
—Sé que me escuchas —repitió la voz. Un delantal, una barba poblada y las gruesas y hábiles manos de un vendedor. Las pequeñas sombras vestidas de marrón y zapatos sucios se detuvieron en seco.
Juramentos saltaron de los vendedores, manitas liberaron puñados de monedas y abrazaron vestidos de madres y padres. El parque ya no tenia una desbordante energía fluyendo por improvisados caminos de piedra. Era como si un río se hubiese detenido en seco y comenzase marcha atrás, no bajaba de la montaña e iba a las faldas, el agua parecía moverse montaña arriba. Un parque con un movimiento antinatural.
—Y yo creo haberte dejado en claro que esta es mi zona —decía uno de los vendedores entre palabras del otro. La discusión había pasado de estar compuesta de gritos y juramentos entre dos hombres a distancia y sus máquinas productoras de panquecas a dos hombres frente a frente gritándose.
Lora le halaba por las ropas. La abrazó y aceleraron el paso. Esquivaron un par de niños y sus padres. A pesar de ser un lugar abierto la gente a su alrededor se movía con torpeza, todos los cuellos se giraban hacia los dos hombres de puños como piedras gritando al centro. Nadie quería estar ahí pero nadie podía evitar presenciarlo. Es un espectáculo común en las calles, a horas tempranas, a horas nocturnas.
—No deberían hacer esto frente a los niños —decía para sí Canúl mientras hundía la mirada en su esposa.
El parque se convirtió en un sitio abandonado excepto por dos hombres en un extremo, uno pateaba una máquina y otro respondía con un puñetazo.

—Cada vez hay más vendedores —dijo Lora.
Su marido asintió mientras desenfundaba la mano y admiraba las pequeñas manchas moradas en el dorso.
—¿Por qué hacen aquello?
—No nos queda de otra —respondió Canúl después de un corto silencio—. Cada uno consigue su propia máquina y elige vender. Hasta hace poco había varias zonas de la ciudad que no tenían vendedores así que no había que moverse mucho.
—Pero ahora hay vendedores en todos lados.
Canúl cubrió las manos con su aliento.
—Y sinceramente creo que están haciendo de todo menos vender —continuó la mujer—. Van por ahí con su escándalo de máquina, se empotran en algún lado como si fueran yeguas y sin más declaran que aquella esquina sucia les pertenece. Y no venden, simplemente esperan que otro vendedor haga lo mismo en ese lugar para pelearse con él.
Detrás de la ventana que admiraba no había ni una sola persona. Era el atardecer, la última hora de venta de Canúl, pero ahora estaba en su casa, acariciando su manos y recordando su pelea con aquel vendedor.
—¿Me escuchas? —dijo Lora mientras ponía una mano firme sobre la mesa.
—Sí, no hacemos nada. No vendemos, somos demasiados, nos peleamos.
—¿Por qué todos son así? Tú no eres así. O al menos eso solía pensar —dijo la mujer. Su voz parecía elevarse con cada palabra—. Nunca te habías peleado con nadie. Y de repente, decides comprarte aquella máquina y ahora estás aquí en la casa toda la semana.
—Estoy seguro que nadie es así —dijo Canúl. Hablaba con lentitud, no seguía el tono de su esposa. La conversación pasaba de una voz sentimental y acelerada a una tranquila y sin tono—. Los hombres de hoy en el parque. Recuerdo haberlos visto. Estudié con ellos. Eran niños tranquilos, incapaces de levantar un puño en respuesta a otro, hasta recuerdo el llanto de uno con claridad. No hacia otra cosa que llorar todos los días. Aquellos dos hombres no son agresivos. Es la máquina, es el negocio.
Lora cruzó los brazos.
—Estoy seguro —continuó—. Cada uno de nosotros tenía un trabajo antes. Yo trabajaba en el aserradero, hasta que cerró. El hombre con el que me pelee el otro día, trabajaba en el banco, recuerdo haberlo visto. Y estoy seguro que los dos hombres de la tarde también hacían otra cosa.
—¿Qué me estás diciendo?
El hombre cruzó los brazos, se irguió y dio un par de vueltas debajo de aquellos bajos techos. El cabello parecía acariciar la madera del piso arriba. El marco de las puertas entre habitaciones solo existía como un agujero en la pared. Todas las casas eran así.
Un par de campanas se escucharon a lo lejos. Luego una simple campana. Era el resonar constante del ritmo de los mensajeros.
Lora, se enfundó un suéter, guantes y una alfombra. Abrió la puerta y el frío de la noche invadió toda la casa. El mensajero entregó una hoja amarillenta con tinta azul y de trazos gruesos todavía fresca.
—A esto te refieres ¿verdad? —dijo Lora mientras alzaba la mirada de la hoja.
—¿Qué dice?
—Cerró otro banco en la ciudad. Solo queda uno.
Canúl asintió para sí.
La pareja intercambió un par de palabras más y ambos se prepararon para ir a la cama.

Los caminos de piedra corrían como ríos entre las curvilíneas formadas por las casas. Ahí, al fondo de una de ellas se veía un vendedor de panquecas enfundado con un gorro de lana, un suéter y una bufanda, Canúl hacía renombre a los vendedores. Ya habían pasado varias semanas desde el incidente y estaba de nuevo en las calles. Se había encontrado con un par más de vendedores justo después de regresar pero había evitado el conflicto, a causa de ello ya no podía mostrarse en calles que antes eran su principal fuente de ingreso.
Canúl vertía todo tipo de sustancias dulces y espesas sobre las panquecas. Algunos clientes pedían la forma enrollada. Canúl preparaba el postre como de costumbre, pero un poco más delgado. La masa respiraba por primera vez fuera de la máquina, el vendedor la tomaba con velocidad y cuidado, la enrollaba al cuchillo cubierto de mermelada, hacía un pequeño cono y envolvía con un trozo de papel que aseguraba con simple fuerza. Era una panqueca, tan deliciosa como las demás, pero era más fácil de comer y no dejaba manchas en las manos ni en la boca. Era la elección de los adultos.
—Vaya, tenemos a alguien nuevo por aquí —una voz gruesa hizo sobresaltar a Canúl. Sus manos bailaron momentáneamente mientras trataba de recuperar el equilibrio de la panqueca en el aire.
—Se ve que sabes lo que haces ¿practicaste antes de salir a la calle? —continuó con una ligera sonrisa.
Canúl recuperó el equilibrio y sin girarse, terminó la orden de su cliente y la entregó. Dejó el cuchillo en el pequeño compartimiento especial de la máquina y frotó ambas manos en un paño.
—Sí, parece que sí. Tienes cierta calma que los otros vendedores carecen, además de que tus prioridades parecen ser distintas.
—Dime que esta es tu área y me quieres fuera —dijo Canúl con una voz sin ánimo ni emoción.
—Vaya, parece que no eres tan nuevo.
Canúl guardó silencio.
—Entiendo, entiendo —dijo el hombre, alzó ambas manos en el aire—. Bueno, las cosas han cambiado un poco. De hecho, tiene un par de semanas. Me sorprende que todos los vendedores con tu experiencia no lo supiesen ya —Hizo una pausa—. Esta ya no es mi área.
El hombre sonrió. Tenía un delantal y la piel de las manos gruesas por el calor, era un vendedor con experiencia.
—Es nuestra área —dijo mientras apuntaba con la mirada hacia el final de la calle. Había dos vendedores de panquecas.
Canúl fijó la mirada. Fingió la falta de sorpresa cerrando los ojos pero su boca lo delató.
—Oh, vaya. Me tienes bailando de un lado a otro. Tú sí qué eres interesante. Pareces nuevo y a la vez no.
—¿Por qué es nuestra área? —Canúl dijo con una voz que usaba todas sus fuerzas para evitar que temblase.
—Un par de vendedores son mejores que uno solo. Bueno, eso es mentira, y cualquiera lo sabe.
El hombre hizo una pausa. Dio un par de pasos y se colocó a lado de Canúl viendo hacia los vendedores al final de la calle.
—No podíamos seguir así —continuó—. Las peleas ahuyentan a los clientes, lo dejan a uno fuera del negocio. Incluso hubo un par desesperados que quisieron seguir vendiendo después de un atraco. Claro que nadie se les acercó, solo se hacen fama. Y cuando se les quita lo morado de la cara, ya nadie les quiere comprar. Muchos de nosotros tenemos familias que alimentar. Tenemos que hacer esto, no tenemos de otra. Así que un par de vendedores nos unimos y decidimos hacer un acuerdo. En vez de pelearnos por las calles, los parques, incluso las casas en cierto punto, vendemos todos en determinada área y nos dividimos las ganancias al final.
Canúl pensaba en las palabras del hombre.
—Así, todos ganamos. No tanto como antes, pero al menos no perdemos constantemente.
—Costos —dijo Canúl.
—Sí, los ingredientes. Tú eres rápido de cabeza. Tal vez se deba a tus prioridades.
Canúl guardó silencio.
—Ya, ya. Nos dividimos eso también. Cada quien gasta lo suyo y dividimos la ganancia en base a eso. Así nadie vende más ni gana menos.
Canúl respingó.
—¿Y porqué es nuestra área y no nuestra ciudad?
El hombre alzó las palmas y abrió los ojos.
—Sí, sí, es que eres rápido.
Canúl, tan firme como antes, guardó silencio.
—No todos somos así. No todos nos dividimos los ingredientes en partes iguales, ni las ganancias. Se formaron grupos que defendían como algunos podían trabajar poco o nada y aún así tener ganancia solo por formar parte. Así, hay otros grupos con otras áreas diseminados por toda la ciudad. Al final nos dividimos gastos y ganancias. Lo que cambia es el cómo.
—Y me imagino que los otros grupos no son tan amables como el tuyo —Canúl alzó una ceja.
—Vas entendiendo —El vendedor sonrió—. Mira, por mí no hay problema. Si no quieres formar parte del grupo, simplemente no podrás vender en esta área. Cuando pruebes el resto de grupos y te des cuenta del sistema horrible que manejan, podrás volver con nosotros. Aquí siempre recibimos vendedores.
Canúl alargó la mano hacia el compartimiento inferior de su carrito y sacó unos guantes. El no operar la máquina había hecho que el frío al fin pudiese calar en sus manos.
—¿Y ya no hay peleas entre vendedores?
—En esta área no verás ni una sola.
—¿Y el resto de la ciudad?
—Bueno, como te dije. Eso ya no le corresponde a mi grupo. Pero, en nuestra área ninguno de los vendedores se pelea —repitió—. No tiene caso, todos lo saben. No importa si alguien hace una venta en el parque o en esta calle. Esas ganancias van para todos. Es como si fuésemos un solo vendedor que se extiende por caminos y casas.
Canúl cerró un par de manijas, dio vuelta a un par de llaves y movió un par de palancas. Quitó el seguro a las pequeñas llantas de madera debajo del carrito y con sus manos firmes y enfundadas en guantes de algodón empujó aquella máquina.
—No veo la diferencia —dijo. Tomó rumbo al final de la calle y con una mirada se despidió de los vendedores y el lugar.

Un par de campanas se escucharon a lo lejos. Luego una simple campana. Era el resonar constante con el ritmo de los mensajeros que cubrían las calles de piedra humedecidas por el frío. El hombre movía su campana con la mano izquierda y con la derecha repartía un par de hojas con letras gruesas en tinta azul. Hundía la mano en su bolsa de mensajero, excavaba en la masa de papeles y extendía uno a la puerta que se abría antes de que llegase. Una tras otra, recibían su mensaje y se cerraban tras él. Era como si cada mensajero pudiese controlar las puertas a distancia.
El hombre se aproximó a un casa de madera, como las demás, de dos pisos que hacía valle con sus vecinos. La puerta no se abrió.
El mensajero asomó la cara cubierta por una bufanda a través de las pequeñas ventanas cubiertas de vaho. No podía ver muebles, ni la chimenea encendida.
Resonó la campana un par de veces frente a la puerta. Esperó. Nadie abrió. Colocó la campana en el suelo. Excavó con ambas manos en su bolsa de mensajero hasta que sacó una pequeña botella. Cubrió el papel con un líquido y con un simple movimiento lo pegó a la puerta del lugar. Cogió de vuelta la campana y siguió su camino.
El mensaje de letras grandes, tinta azul y con partes de grafías faltantes gritaba: «Vecinos de la ciudad denuncian actitudes violentas y trifulcas. Después de junta, Gobierno declara que toda forma de venta de panquecas queda prohibida. Los vendedores actuales podrán vender sus máquinas para fundición».