Los ojos redondos, como si fueran dos canicas anaranjadas incrustadas en aquella gigantesca masa. El cuerpo cilíndrico se cerraba en un arco en la cabeza. Era como si alguien se pusiera una manta sobre el cuerpo y la hiciera de fantasma. Más alto que las casas, más imponente que los rascacielos, su pelúcida forma permitía entrever el cielo nublado de fondo. Pequeñas gotas caían sobre la ciudad, la empapaban. Un ligero tono azul, casi gris, recubría las calles. Embelesado, se veía orgulloso en la ciudad llena de espejos húmedos.
Un paraguas parecía funcionar de antena de transmisión sobre una casa. Dos pisos, una baranda sencilla en la azotea. Meneaba la mano. Mantenía la mirada arriba, balanceaba el paraguas entre ver y no mojarse.
—¿Qué me dices?
La enorme sombra se movió con lentitud. Clavó la mirada sobre el paraguas.
—No entiendo. Realmente no entiendo. Por qué nos molestamos en luchar de esta manera. No somos irremplazables.
La sombra continuó escuchando. Se le veía una curiosidad atenta con cada enorme metro cúbico que la componía.
—Ella está enferma. Al principio no lo aceptaba. Lo que, bueno, siento que es normal. Pero las operaciones empezaron. Cada cirugía, cada exposición a esos rayos. Recuerdo que la primera vez que escuchamos las palabra del doctor, ella dejó de sonreír. Solo por ese instante. No fue tristeza lo que había en su rostro. Tampoco lágrimas, enojo, ni siquiera impotencia. No, estaba sonriendo debido a nuestra charla y, de repente, esos labios que amo tanto se relajaron. Simplemente no sonrió.
El enorme ser comenzó a desplazarse. Era lento y artificial. No tenía pies ni ningún otro tipo de protuberancia similar. No avanzaba dando tumbos, simplemente avanzaba. Como si fuese una máquina. Elegía una dirección y comenzaba a moverse, sin dar saltos, sin dudar. Los edificios atravesaban su cuerpo.
Se detuvo justo ante el edificio con el paraguas encima.
—¿Por que luchamos tanto? No somos irremplazables. No importa cuanto la ame, sé que ella no es irremplazable. Yo tampoco lo soy. ¿Por qué la humanidad ha avanzado a un punto de cuidar a cada uno de sus miembros de una forma tan desesperada? La ciencia debería permitirnos avanzar, como un todo, no como individuales.
—¿La humanidad? —respondió. Su voz era grave, pero no retumbaba sobre la ciudad. Como si solo algunos lo pudiesen escuchar.
—Sí. Mira todos esos aparatos, todas esas máquinas hechas para mantener a alguien con vida. Alguien que, ciertamente sabemos, ya no lo estará en poco tiempo. Es energía. Es tiempo. Todo eso se está tirando a la basura.
Intentó moverse. Intentó hacer un movimiento para el que un enorme cuerpo falto de articulaciones no estuviese hecho. Como si quisiese inclinar la cabeza con ayuda de un cuello inexistente. Quizo hacer un gesto humano.
—¿Qué caso tiene? ¿Por qué la humanidad está tratando de salvar a uno de los suyos, a alguien sin valor, con tanto esfuerzo?
—No es la humanidad.
—¿De qué hablas? Todas esas maquinas están hechas para mantener con vida a cualquier miembro de la especie que, bueno, esté a punto de perder la vida. No tiene caso. Es más sencillo crear nuevas vidas.
—No es la humanidad —repitió el enorme ser.
El hombre bajó su paraguas y con ello la ligera lluvia que caía sobre la ciudad hizo lo mismo sobre sus hombros.
—Eres tú —Una larga pausa en aquella grave voz y lento hablar hizo mella en la ciudad—. Es el doctor que la conectó a aquella máquina. Es la enfermera que la ayudó. La humanidad, la humanidad no creó esas máquinas. Lo hizo alguien años atrás. Para satisfacer su curiosidad. No para salvar. Tú, ahora, estás usando esas máquinas. Ella, ahora está usando esas máquinas. La humanidad no ama a cada uno de sus miembros. La humanidad no puede amar. No sabe como hacerlo. Pero cada uno de sus miembros es bueno en eso. Ustedes, los humanos, son una raza peculiar. Se esfuerzan tanto en sobrevivir como en hacer que lo que está a su alrededor sea bello. Mi especie no sabe lo que es el color. Ustedes han convertido solo la refracción de la luz en un arte y una ciencia. Los seres humanos son una especie peculiar. Es una especie que no suma esfuerzos, su conjunto no sabe hacer todo lo que sus individuales, sabe hacer otras cosas que cada uno es incapaz. Es como si fuesen dos especies diferentes. Está el ser humano y está la humanidad. Son como un grupo de hormigas, en el que cada miembro es capaz de tomar un trozo de comida y llevarlo al nido, pero cuando trabajan en conjunto son incapaces de hacer esto, en vez, aquellas hormigas, de la nada, saben como pintar un cuadro.
El paraguas cayó al suelo. La imagen de aquel enorme ser se reflejaba sobre un charco.
—No es la humanidad la que hace, eres tú el que actúa.