Aquel pequeño y animado grupo

Habían sido amigos toda la universidad. El grupo era pequeño y todos se llevaban de maravilla, era un grupo unido. Cada día iban a la universidad, tomaban asiento en aquellas roídas y viejas sillas y prestaban atención a clases. Los fines de semana cada quien iba a su casa y descansaba, trataban de hacer algo juntos cada poco, así que el viernes después de su última clase salían juntos a cenar.
Eran apenas ocho. La misma universidad se extrañaba porque habían tan pocos alumnos, en el resto de los grupos habían muchos más, siempre había sido así. La carrera no era especial ni destacaba sobre las demás, solo era una carrera. Pero por alguna razón aquel verano solo llegaron ocho personas a inscribirse.
Los días eran rutinarios. Pasaron los años y habían estudiado tanto tiempo juntos, crecido juntos, que ya se podían imaginar trabajando. Todos tenían sueños diferentes, algunos tenían familiares que les facilitarían el empleo una vez que se graduasen, otros ya tenían planeado donde trabajar y, en algunas ocasiones, que hacer para asegurar el puesto. Solo había una persona en aquel extraño grupo de ocho que no se había decidido. No sabía en que quería trabajar, tampoco se sentía enormemente apasionado por lo que estudiaba y veía en clases todos los días. Había elegido aquella carrera por mero impulso, por la presión de sus familiares para elegir en cuanto llegó el momento de entrar a la universidad.
Habían pasado los años y seguía sin sentir esa pasión que veía en los demás. Seguía estudiando porque se había habituado a las materias, a la forma de pensar que había aprendido con los años para resolver aquellos problemas, no se imaginaba cambiando de carrera y empezando de nuevo.
Desde hace un par de meses la universidad había estado organizando un viaje a una ciudad del país. Era una excursión rutinaria que todos los estudiantes de aquella carrera hacían en determinado año de sus estudios, y era el turno de ese pequeño grupo.
Todos estaban entusiasmados, hablaban todo el día sobre aquello: Sobre lo que harían en la ciudad y todo lo que querían ver. Las charlas de los viernes por la noche en aquel restaurante fueron invadidas por el tema del viaje. Ya no hablaban de la semana, ni se quejaban de sus profesores o reían mientras hacían impresiones de ellos. Ahora solo hablaban del viaje.
Menos una persona.
El muchacho que estudiaba aquella carrera sin pasión evitaba el tema. El no podría asistir al viaje, no podría compartir momentos y formar nuevos recuerdos con sus amigos. Pero no se lo había mencionado a nadie, no quería preocuparlos o presionarlos. Sobre todo, quería evitar que entre todos le pagaran el viaje. Algo similar había sucedido en el pasado: Uno de los ocho entró al salón un día cabizbajo y contó como tendría que dejar la carrera después de ese año. Ya no podía seguir pagando. Las charlas y las risas cesaron aquel día. Se sentían tristes de que el grupo perdiera miembros. Así que entre todos consiguieron pequeños empleos y juntaron dinero para poder ayudarlo a pagar sus estudios. Después de aquel año su familia salió de la apretada situación económica y todos pudieron continuar riendo, felices.
Era el día y quedaron de verse en la entrada de la universidad. El viaje sería en camión: doce horas en carretera. Cada uno con maleta en mano. Estaban preparados para platicar horas y horas. Soñar juntos y despertar en una nueva ciudad. Querían explorar juntos.
Los siete se sorprendieron al ver que aquella persona no traía una maleta. Se les acercó y les explicó que no podría ir: no podía darse el lujo de pagar aquel viaje.
Todos enmudecieron, algunos se enojaron después de unos minutos. Insistían en que si les hubiera dicho podrían haber trabajado para pagar el viaje de él. El camión estaba al frente de la universidad, listo para partir, era el momento y todos seguían hablando con su amigo.
No quedó remedio. Partieron y movieron las manos, gritaron, algunos soltaron pequeñas lagrimas mientras se despedían de su amigo que se quedaría atrás.
Los días se sucedieron. Disfrutó de un pequeño descanso. El viaje duraría una semana, así que, al menos podría descansar de los estudios por ese tiempo. Pasaba todo el tiempo en casa, no salía a menos de que sus amigos le invitasen. Y la semana pasó en un abrir y cerrar de ojos.
Era el día en que todos sus compañeros de clase volvían. No se sentía triste, sino entusiasmado, volvería a verlos nuevamente. Volverían a reír juntos, a estudiar juntos, a salir juntos. Preparó su mochila para partir rumbo a la universidad. Caminaba con una sonrisa en su rostro.
En la entrada de aquella universidad no estaba el camión, tal vez llegarían más tarde. Fue a su salón pensando que, tal vez y solo tal vez, habían llegado más temprano de lo esperado y ya estarían ahí.
El salón estaba completamente oscuro. Encendió la luz y tomó asiento. Esperaba pacientemente que en cualquier minuto el grupo completo aparecería tras la puerta, sonriendo y muriéndose en ganas de contarle todo lo que habían visto, todo lo que habían vivido.
Los minutos pasaron y nadie llegaba. Ni siquiera el profesor que debía impartir la clase. Tomó su mochila y salió del salón. Apenas había dejado el aula se encontró con un directivo. Tenía una mirada serena. Se acerco al integrante de aquel pequeño y animado grupo, colocó su mano sobre el joven hombro.
El camión había sufrido un accidente en el viaje de regreso. Todos murieron.
Se desplomó. Recordó a sus amigos uno por uno mientras pensaba que no los volvería a ver.
Él no había ido a ese viaje. No había compartido sus últimos momentos con ellos.
Y se sintió solo.