El gato y el incendio

Caminaba con cuidado, sin tocar ninguna pared y evitando cualquier viga o rimero producto del calor. El incendio ya llevaba más de una hora y la estructura de todo el edificio estaba empezando a ceder. Las paredes calcinadas, muertas, parecían volver a la vida cuando una bravía llamarada las cubría por un instante. Las sombras eran inestables y difuminadas. Aún así, Uriel caminaba con cuidado. Sabía que se encontraba en el tercer piso, pero era su primera visita a esa oficina gubernamental y no encontraba las escaleras.
Echó un vistazo a su alrededor, había tanto calor que parecía que las mismas llamas se retorcían por el mismo. Ellas tampoco querían estar ahí. Uriel caminó hasta lo que pudo deducir era un extremo del edificio, esperando que con eso se pudiera guiar para encontrar las escaleras. Y ahí estaban, tras los restos calcinados de lo que alguna vez fue una computadora. Corrió paso abajo hasta que se topó con una bola de pelos aovillada. Sentía que debía hacer algo con ello, así que con cuidado pasó unos de sus negros dedos sobre ese pelo, más que terso, tenso. Esa bola de pelos tenía miedo. Uriel la tomó con ambas manos y se la llevó al pecho. Era un gato. Sus ojos ya no tenían miedo, eran ojos pacientes. Se clavaron en los de Uriel y este sintió como aquellos ojos le comunicaban algo. De pronto, alzó la vista y divisó la salida del edificio un piso más abajo.
Corrió. A cada paso sentía como los restos del edificio intentaban detener su marcha. Un trozo calcinado le rasgó el pantalón. Una llamarada hizo su piel gritar. El rimero, presente y constante en el suelo no hacía más que lastimarlo, sujetarlo con su abrazo invisible, pero Uriel seguía zafándose, llevándose una herida en la piel cada vez que lograba dar un nuevo paso. Estaba a unos metros de la salida, podía ver los bomberos en la calle y la muchedumbre.
Aceleró el paso.
No pudo evitar sonreír.
Antes de cruzar la salida del edificio, el gato saltó de sus manos y una gran viga cayó del techo aplastando a Uriel.
El gato se detuvo en seco afuera del edificio y se giró al escuchar el estruendo. La muchedumbre detrás solo pudo soltar un unánime grito ahogado. «Tan cerca» se oía una voz.
Se sentó sobre sus patas traseras y agachó la cabeza ligeramente. Estuvo en esta posición por casi un minuto, y nadie interrumpió, parecía que ninguno de los bomberos había reparado en su felina presencia.
Alzó nuevamente la cabeza y se alejó del lugar, esquivando mangueras y pares de piernas.