El invierno de la miel

Era un hombre que sufría una extraña enfermedad, cada vez que se ponía nervioso o se emocionaba en exceso, cualquier cosa que hiciese latir su corazón con violencia, hacía que sus dedos se transformasen en miel. Lentamente una ligera y suave capa de ese dorado dulzor comenzaba a cubrir sus dedos, esta capa se movía lentamente y el borde entre su carne y la miel se volvía difuso. Hasta que los dedos comenzaban a espesar, teniendo al poco unos dedos de miel.
El hombre nunca se había atrevido a probar esa sustancia, de hecho ya no se acercaba a la miel, ni en pan, ni en cucharas, ni con leche y hojuelas. Porque recordaba esos momentos en que la vista se le nublaba, las ideas se le volcaban y el corazón quería salírsele corriendo.
Cierto día se enteró de las peculiares visitas en la casa de a lado por el invierno. La familia en cuestión era pequeña y añejada, era una pareja de ancianos que había visto muchas cosas en la vida, pero nunca se había enterado de los dulces dedos de su vecino. La pareja recibió este invierno a su hija, joven e independiente. Había ido a otro pueblo a trabajar y a buscar el amor pero no había encontrado semejante par. Así que desde hace un par de años se había dispuesto a viajar cada invierno y ver todos los matices de la nieve en diferentes lugares, algunos más cerca del polo, y otros más lejos, pero siempre viajaba en invierno. Y este año decidió darle una visita a sus viejos padres, era momento de regresar y recordar, el momento de ver la nieve.
Los dulces dedos sintieron una irrefrenable necesidad de rascar la curiosidad y, al fin decidido, se preparó para salir, para pisar la nieve y ser pisado por el gélido aire. Deslizó los pies dentro de unas gruesas botas, una cálida bufanda al cuello y sus guantes, más personales que los calzones. Y es que desde que llegó al pueblo se había decidido por una nueva vida, una en la que nadie conociera su enfermedad. Así que vivía con un secreto sobre los dedos y por eso mismo se había preparado unos guantes especiales. Por fuera tenían simples bordados en tela y no parecían la gran cosa, gruesos guantes para el invierno, pero por dentro estaban recubiertos con una fina capa de resina de árbol de Arce. No escogió esta resina por pensar que iba bien con su curiosa enfermedad, sino porque simplemente había crecido en una casa de ordeñadores de árboles y era muy ducho en tratar con esa dura pero maleable sustancia.
Al fin preparado llamó una, y otra, y otra vez a la puerta de sus vecinos. Nadie parecía contestar. ¿Habían salido? ¿Estaban todos en un mundo diferente, leyendo, cubiertos por el fulgor de la chimenea? Esperó. Se decepcionó y decidió emprender la retirada. Pero justo en ese instante alguien abrió la puerta. Se giró y vio como un rostro hacía brillar la nieve, una sola cara hacía que las paredes fueran dulces, una sola persona había provocado que sus dedos se fundieran nuevamente. Nervioso, asustado, simplemente salió corriendo del lugar, ignorando la confundida reacción de su vecina.
Mientras la nieve en una banca del parque veía su lugar ocupado por esos dedos de miel el asustadizo dueño pensó. Pensó profundamente en todo lo que había sentido en unos pocos instantes. Era un sentimiento que lo hacía ver el invierno más cálido, el verano más fresco, los días más brillantes y las noches más mágicas.
Pero no se podía acercar. Si ella descubría su extraña enfermedad, lo odiaría, lo despreciaría, querría olvidarlo y vivir una vida tranquila. Era una mujer de mundo, seguramente querría a alguien fuerte e independiente. No alguien como el, alguien que ni siquiera le podía dirigir la palabra a una mujer.
Y así se sucedieron los días y las noches. Cada mañana se levantaba, desayunaba, leía un par de libros, a veces mostraba su cara por la ventana y la veía. Estaba allí con su familia, sonriendo cálidamente, disfrutando de la cena, hablando del día, hablando de las personas, recordando el pasado, después de eso volvía de nuevo a sus libros. Cuando las estrellas se mostraban románticas en el cielo, el pensaba en hablar con ella, conocerla, imaginarse una vida juntos. Y sus labios entristecían junto con todo su cuerpo, con lagrimas en los ojos se iba a dormir. Por que sabía que todo ello se quedaría en una ilusión. Una bonita ilusión.
Era la mañana del nuevo año. Seguía durmiendo plácidamente, pero el ritmo del timbre y los alegres golpes a la puerta lo hicieron despertar. No se lavó la cara, no se peinó, ni siquiera notó lo arremolinado de sus gruesas ropas de invierno, y así ella vio la puerta abierta. Se encontraron, frente a frente, una vez más. La vergüenza invadió toda la casa y la sorpresa hizo lo mismo con el patio en el que ella se encontraba.
Ella sonrió, por alguna razón lo hizo.
El solo resbaló torpemente en la puerta, sus dedos nuevamente lo traicionaban. Pensó en cerrar la puerta, pero ella estaba muy cerca, tal vez la golpease, pensó en ocultar sus manos, pero tal vez ella lo notase. Sus oídos retumbaron con su voz. Quería miel, algo de miel para el desayuno. Sus padres habían preparado toda la comida, pero les faltaba algo, algo que adorna las mesas en una fría mañana de invierno.
Fue a la cocina, a su habitación, bajó al sótano, volvió a la cocina, incluso echó un vistazo al baño. El no tenía miel, recordó el hecho de su intolerancia y nuevamente clavó los desesperanzados ojos en sus escurridizos dedos.
Asomó cabeza por la puerta principal y triste espetó una simple negativa. Pero ella notó sus dedos, sin guantes, y los sujetó dulcemente. En el tarro para tal fin que cargaba con la otra mano, deslizó lentamente las manos de aquel manazas en la víspera de la entrada de su propia casa. Continuó tal y dulce. Entre aire y aire, lo miraba fijamente a los ojos y continuaba con su labor.
Al poco sus dedos estaban limpios y el tarro de miel brillaba con una cálida luz proveniente de la nieve. Ella se despidió y el se quedó parado como una estatua bajo el marco de la puerta. No sabía si llorar o sonreír, pero la idea fue suprimida por un femenino llamado que provenía de la ventana de sus vecinos.
Era una invitación a desayunar.