La casa del gato

El gato había llegado como la vieja y rechinante casa al lugar, sin fecha y sin testigos. Pero, al igual que la casa, se había quedado ahí, sin importar la cantidad de personas que pasaran por esas puertas o escucharan los maullidos del gato. Ambos permanecían en ese pequeño espacio en el mundo. Haciéndose compañía el uno al otro.
Tan rápido como se fueron los antiguos residentes llegaron los nuevos. Era una historia que se repetía cada año o cada dos años, dependiendo de las personas que pisaban esos antiguos y acabados suelos de madera. Las curiosas personas de la colonia ya estaban acostumbrados a los repentinos cambios de dueño en la casa del gato, como le llamaban, simplemente saludaban e intentaban mantenerse alejados de los residentes de aquel misterioso lugar. De la misma forma evitaban al gato, lo que no era muy difícil, tanto como la casa no salía de sus edificaciones, el gato no salía de la casa.
La nueva familia era escasa de integrantes. Un hombre trabajador, una joven esposa y su nuevo y reluciente retoño, la niña de 8 años. Según lo vecinos, era la primera vez que vivían en la ciudad, habían estado viajando por todo el país. El padre de la niña tenía la mala suerte de perder su empleo a los pocos meses de conseguirlo, no por incompetencia del hombre, que era tan hábil con las manos que podía construir un ropero de madera usando simplemente un martillo y una cajita de clavos.

Fue la primera vez que decidieron dejar a la niña completamente sola en la casa. El padre necesitaba hacerse cargo de un asunto urgente en el puesto de trabajo y la madre tenía que aclarar una pequeña confusión con los papeles de la casa en la alcaldía de la ciudad. Ambos se fueron temprano por la mañana, se despidieron de la niña que con sonrisa inocente y unos ojos tristes les dijo adiós. Un beso para papá y un beso para mamá. Un abrazo familiar y todos partieron.
La niña entró a la casa, correo escaleras arriba y abajo un par de veces, haciendo un estruendo que no se solía escuchar cuando alguno de los adultos se encontraba en la casa. Fue a su habitación y jugó y jugó hasta que un siseo elegante anunció la presencia del gato en la habitación.
La pequeña estaba perdiendo la capacidad de divertirse con sus muñecas de trapo debido a la cantidad de tiempo que había invertido en ello así que tomó ventaja del gato y se abalanzó tras él. Pero este gato era como la casa, nada normal. El animal no hizo el más mínimo esfuerzo por evitar a la niña y se dejó abrazar. Unas pequeñas manitas recorrieron el pelaje que rodeaba pesadamente todo su cuerpo. Pasaron unos minutos en este estado hasta que la niña, tan curiosa e inocente como era, decidió levantar el gato y llevarlo escaleras abajo. El gato se mostró tan sumiso como lo había hecho la casa al permitir que tanta gente diferente pasara por sus puertas.
Ambos yacían en el suelo de la sala de estar. El gato se encontraba disfrutando de caricias continuas y la niña sonreía y hacía agudos ruiditos. Repentinamente, el viento decidió cambiar de curso y provocó que una de las puertas de la casa se azotara. El ruido espantó a la niña quien detuvo la operación de consentir el gato en seco. Unas pequeñas piernas seguidos de unos pies inocentes levantaron a la niña de su lugar, quién se olvidó por completo del gato mientras este hacía de las suyas.
La bola de pelos pasó su largo cuerpo entre las piernas de la niña mientras ronroneaba. Saltó al sofá y de vuelta hacia la niña, quien aun se encontraba distraída por el sonido de la puerta, cayó al suelo y su infantil vestido se elevó ligeramente revelando una delgada ropa interior con infantiles grabados. El gato se acercó hábilmente pasó la lengua por el lugar empapando ligeramente la ropa de niña que yacía recostada y con los ojos como platos y sin mayor respuesta que esa. La boca le temblaba suavemente mientras el gato seguía lamiendo entre las piernas. A continuación, comenzó a introducir las orejas en el vestido de una pieza, avanzó mientras se retorcía lentamente hasta quedar por completo entre el cuerpo de la niña y el vestido. Yacía en ese pequeño espacio descansando sobre el estomago de la pequeña, nuevamente hizo gala de su habilidad con la lengua al comenzar a lamer unos de los rosados pezones, paso de uno a otro en unos minutos y dio un par de incomodas vueltas sobre el cuerpo de la niña. Salió del vestido y se acercó al rostro de su víctima quien parecía tener menos vida que una estatua: no había cambiado la expresión de su rostro en todos esos largos minutos. El gato acercó la rosada nariz a la boca semiabierta de la niña y aspiro suave pero prolongadamente.

Al anochecer, llegaron ambos cansados padres a la casa. Encontraron a la niña sentada en la sala de estar, pálida y sin parpadear.
A las pocas semanas la casa del gato se encontraba nuevamente deshabitada.