La introvertida vida de Emanuel

—Apresúrate —le espetó mientras jalaba de la cadena con fuerza. El pobre Deomodoro que yacía en cuatro patas detuvo el placer que es desechar orines y se acercó con prisa a su amo.
—Por más que te digo que hagas esto rápido y lo guardes para una sola vez al día, no lo haces —refunfuñaba Emanuel mientras apuraba el paso en la agitada calle de las dos de la tarde.
—Te he dicho mil veces que no tengo tiempo para sacarte varias veces al día. Tengo mucho trabajo —continuaba Emanuel. Trabajaba desde casa y solo por Deomodoro salía, de lo contrario se quedaba todo el día sentado.
Se dirigieron con prisa a su departamento, abrieron acá, pasaron la llave por allá, unos pasos, unas escaleras y cuando por fin el dueño cerró la puerta de la casa, liberó al perro del collar y los constantes jaloneos de su dueño. El animal, como siempre, no podía comprender el mal humor de su amo, así que simplemente le dirigió una mirada mientras bajaba la cabeza y titubeaba. Estuvo así un par de minutos mientras Emanuel se despojaba de su suéter, zapatos y cualquier otra cosa que no entrara en lo que el calificaba como 'Ropa ligera'. Se sentó frente a su escritorio de trabajo, dio una gran aspiración y empezó a dibujar.
Deomodoro, al ver que su amo no prestaba atención a su mirada, se hizo un ovillo en las tres prendas de ropa que su amo había calificado hace tiempo como 'Cama para perros'. No pudo evitar caer en las suaves caricias del sueño y terminó por cerrar lo ojos.
Cuando despertó, y para su propia pena, nuevamente su vejiga clamaba atención. Esa última salida lo había dejado con más liquido por dentro del que creía. El pobre perro sabía que no hacía mucho tiempo desde la última vez que salió. Acercarse a su amo y hacer malabares para que este le prestara atención resultaría en una serie de patadas, gritos y demás algarabía que el viejo perro no quería afrontar ahora. No desde la reciente reprimenda por haber hecho a Emanuel truncar su trabajo para salir a orinar. Decidió aguantarse un poco más, así que nuevamente cerró los ojos esperando que la dama del sueño se lo llevara y con esto pasara el tiempo necesario para que su amo aceptara sacarlo.
Hecho un ovillo, el perro no podía conciliar el sueño, las ganas de desechar todo se estaban haciendo cada vez más insoportables. No podría prolongar esto por mucho tiempo, si se orinaba en el interior, reviviría los terribles castigos por los que pasó cuando era cachorro. Era uno de sus castigos infernales o soportar un par de golpes y gritos ahora.
Se puso a cuatro patas y anduvo hasta su dueño, Emanuel concentrado dibujando, la lengua tocando el labio superior y el rostro como una espiral, tuvo un repentino cambio cuando los ojos notaron que Deomodoro rozaba la pierna de su dueño y dirigía el hocico hacia la puerta de salida. Todo el acto acompañado del leve y agudo sonido que hacía siempre el perro cuando quería algo.
Las primeras patadas no se vieron esperar, seguido de los gritos de todos los días «¡De nuevo!», «Maldito perro». Pero aun con todo, Emanuel se vistió nuevamente, le puso el collar a Deomodoro y salieron del departamento.
Después de andar un par de metros, el perro olisqueó aquí y allá. Acercó la nariz a la base de una de las frías farolas de la ciudad y orinó cuanto pudo. No quería volver a molestar a Emanuel en todo el día. A los pocos segundos, y acompañado del incesante zapateo del hombre, este tiró de la correa. Esta vez justo a tiempo, el animal había logrado vaciar la vejiga. Nuevamente se dirigieron a casa. Cruzaron las calles de siempre, con cada metro que avanzaban, Emanuel se hundía más y más en la frustración resultante de lo que consideraba una perdida de tiempo.
Al cruzar la última calle de doble vía, Emanuel estaba muy hundido en sus cavilaciones (la mayoría juramentos) y no se fijó en que un automóvil no tenía ni la menor intención de detenerse. Deomodoro, viejo pero con sus instintos aún jóvenes, echó carrera y se ahorcó con la cadena que rodeaba su cuello, pero logró halar lo suficiente a su dueño para salvarle del impacto. Emanuel solo pudo sentir el repentino desequilibrio resultante y nuevamente soltó un par de juramentos a su perro. No pudiendo terminar el último, por la otra vía un automóvil se llevó a Deomodoro.