Un planeta girando con lentitud y el fondo estrellado. Un planeta girando, masivo, con toda su fuerza y peso, alrededor de una estrella. Lejana, tan lejana que su tamaño parece engañar. Y ese planeta es el único que tiene aquella estrella. Se encuentran tan lejos el uno del otro, sin embargo se mantienen unidos por esa fuerza que parece ser potente cuando no la necesitamos y desdeñable cuando sí. No hay seres humanos ni seres vivos realmente. Hay movimiento, hay humo, hay luces, pero nada está vivo. Cerca, más cerca. Hay acero, acero roído, acero brillante, aleaciones de acero. Hay otros metales que parecen construir formas orgánicas; curvas, semicírculos muy lejanos de la perfección, tentáculos que parecen nacer de un lado del planeta y morir en el otro. Extraña elección material para el estilo. Los colores parecen ser irrelevantes en aquel lugar. Hay parches, los metales no son de un color sólido, aunque su superficie sí está cuidada. No hay gusto, ni toque, ni sentido en la elección de colores. No hay pinturas, parece que quien sea que haya puesto aquellas formas en ese lugar nunca se le ocurrió pintar sobre ello. Las placas de metal todavía tienen hilos, gotas y formas alargadas de los diferentes materiales que las componen. Como si alguien hubiese mezclado dos líquidos distintos pero no se hubiese molestado en agitar el producto. Simplemente vertió los dos en el mismo recipiente y cocinó la mezcla resultando en superficies sólidas con manchones alargados de pintura. Todo es resistente, todo es de calidad. ¿Por qué hay formas orgánicas en ese mundo?
No hay seres vivos sin embargo hay movimiento. Las paredes parecen moverse, algunas parecen alargar miembros como si fueran brazos; se estrechan los extremos, es como si los manchones en las paredes intentasen comunicarse. Sí, se comunican, no en un idioma, de una manera ajena a cualquier sentido que la naturaleza pudiese crear. No hay seres vivos en este lugar, sin embargo hay vidas. Pequeñas formas de metal se mueven de un lugar a otro, luces en la parte superior de su forma se encienden y apagan sin ritmo, como si respondieran a algo interno. Estos destellos de luz parecen, a su vez, comunicarle a un semejante cercano algo que su forma nativa de comunicación no les permite. Las luces incrustadas en todas estas formas que se mueven, retozan y parecen seguir la linea del tiempo de un lado a otro intentando hacer y crear en el entretanto, no son un idioma ni una forma de comunicación más en este planeta. Forman parte de cada uno de los seres. Cada ser es armado por otros seres iguales con aquellas luces. Nadie sabe porqué las ponen. Ni los creadores ni aquellos que mantienen el mundo saben el porqué de aquellas luces. Nadie sabe porqué hay muescas cerca de esas luces, ni de su posición. Nadie sabe porqué al ver a un semejante, aquellas muescas parecen, irrefrenablemente, alzarse por los extremos y caer presa de la gravedad por el centro. Es una linea, no en el centro de la parte superior de estos seres, más abajo que aquel par de luces incrustadas, que, por su centro se acerca al planeta y por los extremos al universo.
Nadie sabe porqué lo hacen y nadie quiere estudiarlo realmente. Cuando lo intentaron algo dentro de ellos parecía fallar. Era inexplicable, no figuraba en ninguno de sus muchos manuales de mantenimiento, de ciencias exactas y difusas (que, aunque son ciencias difusas, sus conocimientos al respecto son muy precisos), en ninguna de sus muchas guías de construcción de semejantes. Todos sienten aquella falla en su centro, muy dentro de cada uno.
Una vez, intentaron crear un semejante, no como ellos, sino específicamente hecho para resolver aquellas dudas. Pensaron que sería buena idea hacer su exterior lo más sencillo posible y su interior al contrario. Fue creado sin ningún tipo de información inicial. Algunos pensaron que el experimento no tendría caso. Si un semejante es creado sin información inicial no tiene de donde partir para aprender más y guardar información dentro de sí. Simplemente no se movería.
Sin embargo lo crearon.
Lo depositaron en una cúpula y lo observaron. El planeta giró y giró. Desde dentro de la cúpula no se podía observar nada. No había luz, ni sonido. Continuaron observándolo. El ser nuevo y pequeño no se movía en lo absoluto. Sabían que estaba encendido, sin embargo no daba muestras de ello. Aquel mundo siguió girando. Primero daba vueltas sobre sí mismo, luego sobre la enorme y distante estrella. Dio una, y luego dos. Un par más. El pequeño ser no se movía.
Uno de los seres, con manual en mano, postuló que según las ciencias difusas, sería buena idea sacar aquel experimento de la cúpula. Hacer que dejara de ser un experimento y simplemente respetar al ser. Integrarlo a los demás. Si, aun así, no respondía podría ser desechado. Sería el primer ser desechado.
Todos estuvieron de acuerdo.
Se sucedieron los giros del planeta, uno tras otro. El pequeño ser no se movía. Era observado por las paredes que se movían y extendían miembros a su alrededor. Por sus semejantes que pasaban a un lado, ocupados en su vida. Ninguno se le acercaba e intentaba estrechar sus miembros con él. Nadie sabía porqué actuaban de esta manera. Algo en su interior no les decía que se acercasen.
Una noche, de cielo permanentemente oscuro, el pequeño ser encendió el par de lámparas que tenía al frente. Retorció sus miembros y su cuerpo. Giró sobre sí mismo, se irguió, patoso. Dio un par de pasos con otro par de miembros. Cayó. Se irguió de nuevo y continuó. Con cada caída sus movimientos adquirían precisión, gracia.
Sus semejantes lo observaron. Se comunicaron entre ellos. Un par, inesperadamente, sintió que deberían de acercarse al pequeño ser. Extendieron los miembros. El silencio del cielo oscuro los acompañó por un par de grados más. Finalmente, estrecharon miembros. El pequeño ser estrechaba los miembros de sus semejantes. Cada uno hizo aquel gesto con la linea que estaba debajo de las luces. Todos y cada uno de ellos. Excepto el pequeño ser. Estrechaba miembros con cada uno de sus semejantes, en orden, uno por uno, hacían fila alrededor de él, una espiral. Pero no acompañaba el gesto con un titilar de sus lámparas ni con el movimiento de su fina mancha. Esta permanecía recta. Perfectamente recta.
El experimento continuó, pero no lo encerraron más en una cúpula. Decidieron que siguiera siendo observado, pero alrededor de sus semejantes. Nadie sabía porqué, pero el estar rodeado de movimiento, parecía ayudarle. Algunos pensaron que era la falta de información inicial en su interior. Necesitaba aprender y guardar todo lo que otros sabían desde su creación, pero él lo tenía que hacer ya creado. Y que, debido a eso, no se había movido por tanto tiempo hasta que observó a sus semejantes ejecutar todo lo que había guardado. Concluyeron que necesitaban exponerlo a la información, a torrentes continuos de información. Solo así, esperaban, algo guardaría.
Y así hicieron.
Lo llevaron a las cimas más heladas y a las simas más profundas también. A su frente pusieron manuales enteros de todas las ciencias que ellos conocían, y a su zaga todos lo sonidos que habían grabado y podían reproducir. Las rocas tronaban tras una membrana, el quebrarse de los miembros de un semejante, el casi inaudible sonido de las rocas que componían aquel mundo desplazándose sobre magma. Todos los sonidos que ellos conocían, todos los reprodujeron. Esto les tomó muchas vueltas a su estrella. Algunos llegaron a pensar que demasiadas. Aquel ya no era un experimento. No era debido a su duración, tenían experimentos con ciencias difusas que llevaban más tiempo que su propio origen. No sabían quien los había iniciado, pero ahí estaban. Había manuales con notas en un idioma extraño que, después de un tiempo, lograron descifrar y aquellos grafos se volvieron el primer componente de una ciencia difusa. Así, tenían todo tipo de experimentos corriendo por el mundo. Pero no tenían uno tan extraño como aquel. Era la primera vez que estudiaban a uno de sus semejantes de esa manera. Se sentían seguros de sí mismos, se clasificaban dentro de las ciencias exactas. Su existencia era exacta, clamaban muchos de ellos, al resto simplemente no le importaba.
Y así, aquel pequeño ser ganó partes. Cambiaron sus miembros por otros más precisos y capaces. Cambiaron su centro por uno más rápido y potente. Sus lámparas por unas más brillantes y duraderas. El pequeño ser ya no era pequeño. Lo habían modificado tanto que no se distinguía de sus semejantes. Era, por fin, igual a ellos. Excepto en una cosa, sus respuestas.
Nunca se comunicaba realmente. Sus semejantes habían podido deducir que su centro recibía los mensajes, que seguía las vías que sus largos manuales trazaban y precisaban a lo largo de toneladas de información. Pero no formulaba una respuesta. Nunca la hubo. Toda información que le presentaron a través de los giros del planeta, fue recibida y guardada correctamente, lo sabían porque muchas veces lo habían abierto y revisado que aquella información estaba ahí, guardada en su centro, pero nunca hubo una reacción.
El ser, no más pequeño, también carecía de movimientos generales. Con el tiempo había, de alguna forma, tomado la costumbre de desplazarse. Iba de un lado a otro del mundo. Solo recibiendo información de sus semejantes, observando sus movimientos, observando su mundo. No decía nada. No se comunicaba. Cuando alguien se le acercaba y extendía uno de sus miembros, el ser lo extendía de vuelta. Era lo único que hacía. Simplemente seguía observando. Para sus semejantes, este movimiento no era comunicación, no era una respuesta, porque aquel gesto era automático en todos ellos. Y eso les daba curiosidad, porque el ser, el diferente, compartía aquel gesto con ellos. Ese gesto que todos tenían, pero que no implementaban en el torrente de información que se incluía con cada nuevo semejante. Él tampoco tenía aquello, como parte de su ausencia de información inicial, pero lo había visto a su alrededor y, de alguna manera, era lo único que se había atrevido a imitar.
Una noche permanentemente oscura el ser, con sus partes metálicas y algunas viejas y corroídas, se acercó a una montaña, la más alta en el mundo, y empezó a escalar. Sus semejantes, aquellos encargados de observar cada uno de sus movimientos y documentarlo, lo siguieron. Muchas veces cayó, el mismo número de veces persistió. No estaba hecho para escalar, pero ello le parecía irrelevante. Sus semejantes se acercaron, lo tomaron y decidieron cambiarle algunos de sus miembros. Ahora era capaz de escalar y de sumergirse en el cañón más profundo. Pensaron que por fin habían encontrado que sucedía con un ser al que no le incluían información inicial: Se hacía escalador. No entendían el fin de ello, no el porqué, pero sabían que era importante. Era una respuesta. Algo que documentar en un manual.
El ser continuó escalando, ahora sin cometer errores. Los giros se sucedieron y, finalmente, llegó a la cima. En aquel punto, lo más lejano de su mundo posible y lo más próximo al cielo permanentemente oscuro, levantó la parte superior de su cuerpo hasta posicionarlo en paralelo con la circunferencia de su mundo.
Las lámparas en sus ojos comenzaron a titilar con lentitud. Ambas se apagaban y encendían. Sus semejantes lo observaron e intentaron encontrar el mensaje. Lo sintonizaron pensando que por fin estaba comunicándose con ellos, pero no escucharon nada. Solo veían aquellas lámparas brillar en medio del mar oscuro que cubría el cielo. Encendían, se apagaban. Se encendían una vez más, se apagaban por igual. Los tiempos a veces eran los mismos, otras veces no. Tenían ritmo, encontró uno de sus semejantes. Recordó ese término que había encontrado en los primeros manuales dejados por no saben quién. Recordaba aquella definición tan extraña de tiempos.
Y titilaron.
Y titilaron.
Por cada giro del planeta, una batería de ritmos venían de aquel ser. Y una noche, una noche como cualquier otra, oscura, permanentemente oscura, el ser dejó de hacer aquello. Apagó sus luces y con sus miembros, equipados para escalar y explorar, se retorció sobre el suelo. Parecía dibujar curvas, tan grandes como él mismo. Separaba sus miembros del suelo. Los acercaba de nuevo, dibujaba otra curva. Y continuó.
Sus semejantes pensaron que aquel era el fin del experimento. Estaba fallando. Era el primer semejante que fallaba. Como algunos había dicho muchos giros atrás, sería el primero en ser desechado. Y concluyeron que efectivamente era verdad.
Se acercaron cuando terminó de moverse. Y, bajo el cielo oscuro, se lo llevaron. Tendrían que desarmarlo.
En el suelo solo quedaron formas. Curvas, lineas que cortaban otras lineas. Uno de los semejantes, el mismo que había reconocido el ritmo, vio dentro de sí mismo aquel viejo manual en el suelo. Cada grafo, cada signo, era similar. No entendía el mensaje ni el sentido de aquellas formas, pero sabían que para el primer ser desechado significaban algo.
Había, por fin, intentado comunicarse.