Lata de atún

—No, últimamente no es tan difícil conseguir comida. Cuando escuché el rumor de que los humanos habían encontrado este erial creí que era momento de mudarse de nuevo.
—Solo llegan a matar —dijo el ave mientras batía sus alas para mantener la altura.
—Eso creía. O tal vez es cierto. Realmente no lo sé. Pero no ha pasado como en otros lugares, en los que cambiaron el suelo y pusieron un montón de construcciones extrañamente alineadas. Aquí dejaron todo tal cual. Solo levantaron una especie de cerca rodeando gran parte del erial. Y de cuando en cuando se ve un ser humano.
—Exacto. Están matando. De poco en poco pero están matando. Cuando veo uno me alejo de inmediato porque, no sé como lo hacen, pero en cuanto te ven se escucha ese estruendo y caes.
—¿Cómo lo sabes si no te ha pasado? —respondió rápidamente el águila mientras alzaba ligeramente el pico para comenzar a ascender.
—Pero lo he visto. He visto a mis compañeros caer.
La majestuosa ave suspiró, tomó aliento y explicó:
—Yo tampoco sé como lo hacen. Creo que ningún ave en el mundo sabe como los humanos nos matan con mirarnos y ese estruendo. Solo sé que no siempre caes. De hecho, he sobrevivido a muchos estruendos. Antes solía contarlos, porque me sentía afortunado, pero ya han sido tantas veces que perdí la cuenta. Presta atención.
El águila bajó la mirada mientras aleteaba para acomodarse, barrió el paisaje con sus penetrantes ojos y en el momento en que divisó un ser humano se lanzó en picada hacia él. Mientras descendía, el aire a su alrededor imprimía más y más resistencia. Podía sentirlo fluir entre su plumaje a gran velocidad. A unos pocos metros del humano, el águila abrió el pico y con gran habilidad lo ensartó en la lata de atún que descansaba en la mano del hombre mientras este, incapaz de reaccionar a aquellas velocidades, siguió caminando unos instantes hasta que su compañero saltó por la escena.
El ave ya estaba tomando altura de nuevo cuando los dos hombres empezaron a emitir aquellos estruendos. El águila, sin miedo y sin humildad, dio un par de vueltas en el aire alrededor de los dos hombres armados, para después tomar velocidad y altura hasta reunirse con su compañero emplumado.
—Te lo dije, no sé como lo hacen, pero rara vez logran hacer que caigamos.
La pequeña ave a su lado, muerta de pánico en un principio, no podía cerrar el pico al ver tal demostración, y en parte porque su compañero estaba engulléndose aquel atún.