Mi viejo taxi y el extraño que decidió adueñárselo

Había dejado mi taxi en el estacionamiento. Era un automóvil antiguo, había sido de mi padre, quien fue taxista por un tiempo para mantener a la familia en una época difícil. Ese hombre llegó a tener tres empleos al mismo tiempo. Cuando el taxi pasó a ser de mi propiedad, hace mucho que había dejado de transportar a extraños. La pintura se caía con facilidad, el óxido estaba ganando terreno. Nadie nunca me solicitaba servicio como taxista en la calle, era obvio que ya no estaba en servicio.
Vivía solo y de cuando en cuando salía de casa a comprar los víveres, siempre salía de la tienda con una bolsa, a lo mucho dos si necesitaba algo especial. De vuelta en el estacionamiento me hallé perdido entre el mar de automóviles, tantos colores, todos brillantes y metálicos. No sé porque los fabricantes no escogen los colores mates, personalmente compraría un cuatro llantas de un suave color rojo mate.
Después de caminar un poco por el lugar, al fin encontré el viejo taxi aunque no estaba donde yo lo había dejado. Se encontraba en la zona de taxis, haciendo fila como el resto para atrapar a todo aquel que saliera del supermercado. «¿Qué sucede?» pasó por mi cabeza. Di la vuelta, vi que las luces estaban encendidas. Noté que había alguien en el asiento del chofer, un hombre rollizo y cabello ralo, con una que otra cana y una barba muy ligera.
—¡Taxi! —exclamé dirigiéndome claramente a mi propio automóvil. No sé porque lo hice pero el hombre se lo tomó con toda naturalidad. Hizo un ademán en respuesta y me subí al asiento trasero. Arrancó sin siquiera preguntarme una dirección.
Con las llantas girando, examiné el lugar. Sí, era mi taxi. Los asientos carcomidos por el borde, el olor personal que cada automóvil viejo tiene, el techo con manchas de tantos años que ya no podía nombrar el origen de muchas de ellas. Todo era mío.
Descansé la mirada en el retrovisor. La impresión que tuve del hombre no fue muy diferente de la que tuve antes de subirme al taxi.
La luz mortecina de las farolas rompía la noche. No era muy tarde así que había muchas tiendas operando. Reconocí las calles, no era muy diferente de mi ruta habitual. El taxi daba una que otra vuelta inesperada, pero siempre volvía a mis calles. Esas que he transitado tantas veces de ida y vuelta que podría caminar por ellas con los ojos vendados. Pasamos por una pequeña plaza comercial. Las tiendas eran tan variadas, todas apuntaban justo al frente, como si intentaran venderle sus productos a los edificios de la calle paralela.
—Disculpe ¿podría dar vuelta aquí?, hay un par de cosas que necesito comprar —dije. Noté que la voz me temblaba un poco y un débil sudor frío hizo presencia en mi frente.
La mirada del hombre saltó del camino hacia el retrovisor, nos cruzamos por un instante, y luego volvió al camino.
—No se preocupe, será rápido. Solo compro algo por aquí y volvemos al camino —continué. La voz me estaba abandonando, dudé que tan audible fue la última palabra. Esperé que mi miedo no fuese tan obvio como lo percibía yo.
—Dígame que tienda es y me detengo enfrente —contestó el hombre sin darle mayor importancia. Su voz era áspera.
—Por favor, no se preocupe. Solo dé la vuelta y yo camino. Son varias tiendas las que necesito visitar —dije haciendo un ademán—. Solo me tomará unos segundos —insistí.
El hombre al fin dio la vuelta y se detuvo. Me apeé, intente hacerlo de la manera más natural posible, era consciente de cada uno de mis movimientos. Intenté echar un vistazo rápido al hombre, no me estaba viendo, sus ojos estaban nuevamente apuntando hacia el frente. No apagó el motor.
Caminé con algo de prisa entre las tiendas. Era una linea perfecta de ellas, de cuando en cuando codeaba con algunos artículos a la venta que sobresalían, pero por lo demás mantenía la mirada al frente. Pasaba una tienda tras otra, las veía de reojo, lo que vendían, la gente que había dentro y, sobretodo, el dueño, los empleados, los dependientes. ¿Notarían que hasta hace unos pocos segundos estuve en mi propio taxi siendo conducido por un extraño? ¿Me verían nervioso?
Una tienda llamó mi atención. Me detuve en seco. Parecía vender todo tipo de artículos de porcelana, en su mayoría vasijas. Muchas de ellas de un azul eléctrico ligeramente mate. Algunas con un brillo nacarino, parecía que también vendían unas sin pintar y sin detalles.
Entré al lugar. Detrás del mostrador había una mujer, un poco rolliza, pero no por la grasa, sino por la edad y el estrés. Se notaba que había sido madre, o que aún lo era. Le calculaba unos cuarenta años. Arriba de su cabeza pendían, en fila, un montón de vasijas azules, en el mostrador había más de otros colores vivos y, descansando en el suelo, varias decenas de artículos de porcelana sin pintar. La mujer no parecía haberme notado, o no quería notarme. Estaba viendo hacia el vacío, con una expresión de aburrimiento. Toqué un par de productos. Estuve unos segundos frotándome la barbilla y haciendo saltar la mirada de un lugar a otro. Fingí que buscaba algo en específico.
Al poco me acerqué al mostrador y clavé la mirada en unos ojos cansados.
—Eh… —fue mi brillante discurso de apertura. Suficiente como para que aquella mujer desviara su atención del aparentemente interesante vacío hacia un potencial cliente. Aunque no pensase comprar nada.
—Quisiera confesarle algo —los ojos de mi interlocutora al fin mostraron interés—. Tengo un problema.
Ella siguió muda.
—En la esquina hay un taxi esperándome. Ese taxi es mío, es mi propiedad, pero está fuera de servicio, el óxido lo invade, ya ni siquiera tiene los numerales que lo distinguen como tal, solo los colores —noté que poco a poco se aceleraba el ritmo de mi discurso. No solo estaba nervioso por contarle esto a alguien, sino que era alguien desconocido. Además, el miedo de que un loco estaba en mi auto esperando a que hiciera un par de compras seguía ahí.
La mujer torció ligeramente el rostro. No pude distinguir si se trataba de interés o hastío.
—Pero lo está manejando una desconocido. Me subí al vehículo siguiéndole el juego —continué, las piernas me temblaban al igual que los labios y el sudor frío se había extendido a todo mi cuerpo—. Nunca me preguntó una dirección, simplemente comenzó a conducir. Pasamos enfrente de estas tiendas y lo convencí de que tenía que hacer un par de compras.
Hice una pausa para tranquilizarme. Si seguía así la voz me traicionaría.
—No quiero dejarle mi automóvil, es lo poco que tengo —un nudo en la garganta me interrumpió—. Es un recuerdo de mi padre.
En este punto no sé si me veía patético suplicando o desesperado. O como un loco inventándose un cuento. Pero ella al fin dijo algo.
—¿Y?
Sin estar seguro de como tomar eso, continué, un poco más relajado al poder escuchar la voz de alguien más:
—¿Qué haría usted en mi situación? Entiendo que no quiera tener nada que ver con esto. Y está bien. Podemos hacer de cuenta que nunca estuve aquí —aclaré—, solo quiero recuperar mi taxi.
Con movimientos poco naturales ella salió de detrás del mostrador y con un trapo empezó a sacar el polvo de sus productos por toda la tienda. Cada vez que levantaba un brazo para alcanzar una pieza parecía un robot, sus pasos eran artificialmente cortos, los giros de su cuerpo no eran convincentes. Y mientras se movía habló sin dirigirme la mirada:
—Puede estar armado. Así que lo mejor sería que lo intentases acorralar. Llévalo a un lugar conocido para ti, llama a un par de amigos, y entre todos le pueden quitar el taxi.
Se interrumpió.
En ese momento lo noté. No era que me creyese o no, lo cierto es que tenía miedo. Tenía miedo de mí. Yo era un loco que había llegado a su tienda con esta historia. Para ella yo era lo que el taxista era para mí.
Fue cuando noté lo cerca que estaba de ella y lo estrecha que era la tienda, me alejé un poco hasta quedarme a la entrada del lugar.
—¿Es joven? —dijo finalmente fingiendo desinterés.
—Eh… no. Yo le calculo unos cincuenta años.
Asintió. Después de unos segundos de movimientos ficticios, regresó a su posición detrás del mostrador.
Pensé en decir gracias antes de irme, pero eso tal vez solo agregaría puntos a mi locura. Así que dejé la tienda en silencio.
De vuelta en el taxi intercambiamos un par de miradas y el hombre arrancó.
—Necesito pasar por un lugar primero —le dije nervioso. En el camino de vuelta al taxi había pensado en lo que iba a decir. Me escuchaba más decidido dentro de mi cabeza. Le di la dirección de un amigo con un hilillo de voz.
Las luces de las farolas se sucedieron una tras otra. Por alguna razón era más consciente de la oscuridad que había entre cada una de ellas.
Noté las llaves del taxi colgando a un costado de mi pantalón. ¿Cómo había encendido el automóvil? Solo para reafirmar, me removí en mi asiento y me incliné de tal manera que podía ver el orificio de las llaves detrás del volante. Estaba vacío. ¿Habrá el notado lo que hice? Parecía que no, seguía con la mirada en el camino y la misma expresión en el rostro.
¿Por qué le había contado esto a una extraña en una tienda de porcelana?
Al poco estábamos cerca de la casa de mi amigo. Me sorprendió que siguiera mis instrucciones. ¿No quería secuestrarme? ¿Por qué hacía esto? ¿Quién era? Poco a poco el miedo y el sudor frío fueron sustituidos por la curiosidad. Por alguna razón quería saber más sobre esa persona detrás del volante. Estuve a punto de entablar unas palabras, pero a pesar de todo el miedo persistía. No tenía la voz como para platicar.
Pasó de largo el edificio de departamentos donde vivía mi amigo. Rápidamente se lo señalé y se detuvo. Mantenía la expresión en su rostro.
—Espere un momento, iré a arreglar unos asuntos y luego podremos continuar —dije mientras cerraba la puerta del taxi.
Llamé nerviosamente a la puerta de mi amigo. En ese momento comencé a desplomarme. Todo el pavor que me había estado guardando me invadió. No podía mantenerme de pie.
—¿Qué diantres? —fue lo primero que dijo mi amigo al verme en ese estado frente a la puerta. Parecía que había visto un fantasma.
Le conté todo. No dudó de mí en ningún instante. Pienso que el temblor en la voz y mi pálido rostro hicieron más convincentes mis palabras. El telefoneó a un par de personas. En unos minutos llegarían. Entre todos rodearíamos mi viejo taxi y nos encargaríamos del hombre.
Pero no fue así.
Cuando nos acercamos al auto, no había nadie ahí. Buscaron en los alrededores pero no encontraron a nadie con las características que yo había señalado. Me precipité al viejo taxi y abrí la puerta del chofer. Noté el calor en el asiento, no había duda de que alguien había estado sentado ahí. Una nota era lo único que encontré: «Algún día te llevaré a tu casa».
     Mi amigo corrió hacia mí para ayudarme cuando vio que mis piernas me traicionaban y caía de rodillas.