Quiero ver cómo te tragas eso

Con lentitud, pasaba los dedos por la nariz. Olían a pizza. El joven Fernando trabajaba en una casa de retiro. Todos los días se las ingeniaba para meter una pizza de contrabando al lugar y disfrutar de cada trozo. Eso era todo lo que comía, todo el día, todos los días.
—Elefantes todos, elefantes todos —se escuchaba el continuo estruendo de uno de los residentes del lugar. Fernando la hacía de cuasienfermero, cuasisecretario y cuasi todo en el lugar. Había pocos empleados y la organización era nimia sino absolutamente inexistente.
—Elefantes todos, elefantes todos —se oía de nuevo. Fernando sabía que tenía que salir de su escondite e ir a atender al 'Gris', así es como habían apodado a ese viejo que gritaba lo mismo una y otra vez hasta que alguien se le acercaba y lo atendía.
—Elefantes todos, elefantes todos —se escuchó una vez más. «¿Por qué nadie más lo atiende? ¿Por qué tengo que hacerlo yo?» pensó mientras se ponía de pie y se dirigía al baño para quitarse el olor de las manos.
—Elefantes todos, elefantes todos —decía el anciano que descansaba en un silla de ruedas en el centro de la sala de descanso más grande de la casa de retiro. Había un par de ancianos más alrededor. Cada uno perdido en sus propios pensamientos. Cada uno concentrado en lo suyo. Ninguno notaba, o hacía parecer notar, que el Gris estaba gritando. Todos estaban ya acostumbrados y solo esperaban que alguien de la plantilla de empleados se acercara.
—Por favor, está molestando a los demás residentes. Sea tan amable de guardar silencio —dijo Fernando con una voz profesional mientras se acercaba al anciano y tomaba por detrás la silla de ruedas para llevarlo a su habitación.
—Elefantes todos, elefantes todos —seguía exclamando el anciano.
Cuando Fernando salió de la habitación y la voz de el Gris solo parecía un lejano murmullo, uno de los ancianos en la sala de descanso se levantó del sofá y lentamente se acercó a otro residente.
—¿Lo tienes? —murmuró mientras dibujaba un sonrisa con su boca y las arrugas le remarcaban el contorno de los ojos.
—Lo de siempre, listo —le dijo la anciana mujer mientras sacaba una pequeña bolsa con una sustancia amarilla de entre sus ropas.
El anciano tomó la bolsa, pequeña y con tan poca sustancia que no se podría llenar ni un cuarto de taza con ello. Le hizo un gesto a uno de los viejos que descansaban cerca de la puerta que había usado Fernando para salir de la habitación y enfiló al escondite del empleado. Estando ahí, abrió la pequeña bolsa con manos torpes. Primero intentó rasgar el plástico con las uñas, pero al ver que esto no surtía efecto, decidió acercarse la pequeña bolsa a la dentadura postiza y abrir un pequeño agujero. Vertió el liquido en la pizza de Fernando y volvió a su lugar mientras esa sonrisa persistía en su desgastado rostro. Con cada paso que daba, las arrugas vibraban ligeramente y daban la impresión de que el anciano se reía para sus adentros.
—Elefantes —exclamó el anciano que se había colocado cerca de la puerta cuando vio que Fernando se acercaba a la sala de descanso.
—¿Alguien necesita algo? —dijo Fernando con su voz profesional, tan grave y clara, articulando cada palabra con cuidado para evitar que –lo que el creía era sordera– de los viejos no malinterpretara su mensaje. Al no obtener respuesta de ninguno de los residentes, se alejó con paso silencioso del lugar.
—Continuaré con el festín —se dijo a sí mismo mientras tomaba asiento en su escondite y admiraba lo que aún le quedaba de pizza.
—Elefantes todos, elefantes todos —exclamó la anciana mujer con tono burlón. La misma que había sacado la bolsa con el liquido amarillo de su ropaje mientras el resto de los viejos en la sala de descanso rompía a carcajadas.