Nacía en su vientre, invadía sus entrañas, recorría su cuerpo. Estrujaba las venas, los intestinos. Era el dolor. Tanto dolor. Ella estaba en cama. No descansaba. Los ojos abiertos como platos. Una mano estrujando el estómago, como si quisiera atrapar aquella bestia con una mano y arrancársela de la piel en un solo movimiento. La piel hecha añicos, el estómago destrozado y tal vez parte del hígado. Las consecuencias no le importaban, solo quería terminar con el dolor. La otra mano era un puño con la sábana. La piel sudaba, gritaba, abrasaba. Cada poro de su piel parecía estar en la posición más incomoda posible. Como si cientos de pequeñas canicas quisiesen abrirse paso a través de cada uno de ellos. Estiraban la piel, forzaban su salida, aumentaba el dolor. Las plantas de los pies habían dejado de lucir su naturaleza hace mucho. Como hojas secas, como un par de piedras en el desierto. Eran tan sensibles que la piel muerta parecía desprenderse incluso con el aire que expulsaba el ventilador. La sangre brotaba con lentitud, rebelde, dibujando pequeños hilos y grietas.
Los ojos, jóvenes, clavados del techo, reflejaban una mente invadida por una sola idea. Tan concentrada que rechazaba cualquier función corporal natural, incluso aquel mismo momento. En especial ese mismo momento, era rechazado por aquel par de ojos.
La piel, pálida, había dejado de brillar, de transmitir aquella calidez. El cabello, hasta los hombros, era quebradizo.
La habitación, pequeña, una cama, con cuatro patas que dirigían la mirada hacia un armario sencillo y este a su vez le guardaba la espalda a un ventilador de piso. La máquina trabajaba con tranquilidad ignorando por completo el ambiente de la habitación. Las paredes renegridas como una taza de té que se ha olvidado y se ha enfriado.
Se escucharon un par de golpes. El escape de un auto, un motor al que se le quita la vida. Pasos en la acera y luego sobre madera. La puerta del frente se abrió.
—Las tengo —se escuchó una voz. El dueño sujetaba una bolsa con una pequeña caja en su interior.
—Te tardaste —Hablaba como si tuviese algo en su interior, algo que quería salir con desesperación, ella hacía el mayor esfuerzo por retenerlo en su lugar.
La mujer se irguió. Sus pies tocaron el suelo de madera, su piel estaba muerta y agrietada, no podía sentir la temperatura del piso. Con dolor le arrebató la bolsa al hombre que se había acercado lo más posible.
Sus rostros eran un contraste. El hombre alzaba las cejas; la mujer las apretaba contra los ojos; el hombre veía con compasión, sus ojos parecían gritar y buscar la manera de ayudar; la mujer concentrada, una mirada decidida; un pequeño orificio entre los labios del hombre dejaba ver el interior oscuro de su boca; la mujer mantenía cerrada con fuerza la suya, aquella bestia en su interior parecía querer escapar por cualquiera de sus orificios.
La sangre se había convertido en un líquido espeso. Avanzaba con dificultad a través del cuerpo, quería oxidarlo, como si sus arterias fueran tubos de acero olvidados por el tiempo, tubos que al trabajar producían fricción. Este fluido se le fue a la cabeza y quiso hacerla reventar cuando intentó ponerse de pie.
—¿Qué haces? ¿Qué quieres? —tartamudeó el hombre mientras la atrapaba con ambos brazos. Las dos figuras se encorvaban la una sobre la otra.
—Necesito agua, estúpido —dijo. Uno de sus puños estrujaba la camisa de su oyente.
El hombre la ayudó a erguirse. Con cada movimiento, se hacía consciente de sus articulaciones. Rozaban contra los huesos, como un brazo mecánico que no había sido aceitado en años, que en lugar de producir un sonido metálico, producía dolor.
—No, yo tengo que ir por ella.
El espeso líquido en su interior fluyó lejos de su cabeza, llevándose el dolor al resto del cuerpo. Usando al hombre como un bastón caminó fuera de la habitación. Con cada paso, resbalaba ligeramente, como si caminase sobre lodo.
El lento andar se prolongó varios minutos. El hombre no decía nada, solo clavaba la mirada sobre ella. Daba pequeños pasos a su lado. Como si fuera un niño que aprendiese a andar en bicicleta, la ayudaba, pero no tanto como para que no aprendiese por sí sola.
El extraño baile se prolongó hasta la sala. Pequeña, perfectamente cuadrada y casi vacía. El centro parecía haber tenido una mesa para reuniones, cuando aquella casa había visto más gente y más vida, más platicas, una que otra risilla. El suelo, de madera, cubierto de mugre compactada, sostenía un par de vidrieras a los lados. Cada una de ellas llena de diferentes estatuillas en diferentes materiales. Desde la piedra, un par en hojas de metal, hasta la madera e incluso un avión de papel que parecía pintado por un alebrije.
Sin hacer ruido, la mujer se deslizó por el cuerpo de su ayudante, como si la gravedad aumentara solo para ella. Intentó trepar por su ropa, por sus pantalones con la poca fuerza de aquellos dedos blanquecinos, hasta que depositó el cuerpo por completo en el suelo.
—No –ahogó sus propias palabras. No quería mencionar nada que la hiriera—. Yo lo traigo por ti. Es solo un vaso de agua, no tiene importancia.
—Maldito. Esto es lo que quieres. Esto es lo que todos quieren, por eso no me dejan irme en paz —Su boca y su mente tenían todas las palabras de un largo discurso, pero había algo, una fuerza o ausencia de esta, que le impedía expulsar la cadena de palabras como lo habría hecho alguna vez.
—No. En serio. Solo quiero ayudarte —La palma intranquila acarició su propio cuello—. Conseguí las píldoras. Si no quisiera ayudarte como los demás, no las habría conseguido.
La mujer, aún tendida, tenía la mirada clavada en los pies de su interlocutor. Lo miraba con tanta concentración que parecía haber encontrado los ojos de alguien más en aquel par de zapatos.
—Fue difícil —suplicó. Peleaba contra su deseo de arrodillarse y ayudarla.
La respuesta vino en forma de resoplido.
La mujer se dio media vuelta. El estómago al aire y la espalda contra el suelo, la cara pálida. Pero no mostraba vida. La piel, intentando excretar un espeso líquido que se hacía querer pasar por sudor.
Quería darle vueltas a aquella sala. Inundar sus recovecos con ideas y recuerdos. Caminar y moverse con la agilidad con la que lo hizo alguna vez. Andar libremente, divagar, pensar, expresarse, platicar. Se detestaba desde que aquel monstruo llegó a su vida. La obligó a cambiar la calle por la cama. Las amistades por las sábanas y la familia por una habitación en la que había terminado encerrada. Se dio cuenta, hasta ese momento, que aquella bestia la había encerrado en una casa. En una habitación. La había despojado de sus miembros, de su voluntad, de su fuerza y de su energía. Ya no danzaba, ya no platicaba. Pero, se encontró pensando, nunca se había preguntado el porqué. Nunca había cuestionado su suerte. Simplemente pensó que hay personas a las que les sucede esto y otras a las que no. No era cuestión de suerte. Aquello te sucedía o no te sucedía. Y cuando te tocaba, muchos salían, otros quedaban encerrados en un hospital, con cuatro paredes blancas y personas vestidas del mismo color como familiares. Extraños familiares que nunca llegabas a conocer, ni querer realmente. Te cuidaban, y uno se dejaba ser cuidado. Algunas de ellas, eran cariñosas, le hablaban al oído, le hacían olvidar a uno que estaba encerrado en aquella blanca habitación.
Y había otros, como ella, que simplemente decidían terminar antes. Ya había visto muchas personas en batas blancas, muchas camas con ruedas, demasiadas agujas, oh las agujas y, definitivamente, suficientes píldoras. Y con cada píldora una promesa que no se cumplía. Todas esas promesas. Hacía tiempo había dejado de tomar píldoras. Solo necesitaba un par más.
El agarre en aquella bolsita se hizo más intenso.
—Aquí —alargó el vaso. La mujer irguió la parte superior de su cuerpo. Sus piernas, inertes, siguieron el movimiento del torso porque no tenían otra opción. Hizo esperar el vaso en el aire mientras rebuscó en la bolsita.
«Al fin» pensó.
Con una mano en el vaso y otra abrazando un par de píldoras sonrió al vacío. Como si saludara una realidad que no estaba en aquella habitación. No fue un sonrisa cálida, ni gratificante. No fue el tipo de sonrisa que uno hace impulsivamente al encontrarse a alguien en la calle, ni la que resta después de una carcajada. Fue diferente.
—Te quiero —dijo el hombre en voz apagada.
La mujer respondió con la mirada vacía.
El aire espesó, las miradas dejaron de encontrarse. Parecía que el suelo era lo único que tenía presencia en aquel instante. Como si fuera el próximo a actuar. Tenía que recibir algo, tenía que hacer algo pero, tan inmóvil e impasible como siempre lo fue, no hizo nada.
La garganta vio como un par de sólidos seguidos de un líquido muy familiar pasaron en un sentido. Los segundos se sucedieron. Y un líquido amarillento envolviendo los mismos sólidos pasaron en el sentido contrario.
Se escuchó el húmedo sonido de un charco al ser pisado. Un estómago haciendo un esfuerzo al que no está acostumbrado y la sorpresa de un hombre.
—¡¿Por qué?! —retumbó aquella habitación. La voz ronca, húmeda. La mirada fija en el charco.
El hombre se irguió en toda su estatura, dio un par de pasos atrás. Los ojos como platos y las manos inquietas.
—¿Qué me trajiste? ¿Qué es esto?
—Son las píldoras. Lo juro. Las conseguí donde me dijiste, el precio fue el acordado.
—¿Por qué?
—Me dijeron que el efecto sería el deseado. Son las píldoras.
El silencio tomó su trono de nuevo en aquella habitación. La mujer, con la boca manchada del líquido amarillento tenía la mirada clavada en el hombre.
—Fue difícil conseguirlas —dijo finalmente.
—No puedes conseguir más —completó la mujer. Como si lo supiera de antemano.
El hombre cerró los párpados y meneó la cabeza.
Como si fuese una ameba expandiéndose, el vómito se abría paso a través del suelo empapando la mugre compactada y la ligera capa de polvo, cubriendo de un nuevo color aquel oscuro suelo de madera.
—No. No lo voy a permitir.
Con aquellas palabras, alargó ambas manos y tanteó el líquido que había salido de su propio cuerpo. Se empapó los dedos y las rodillas. Tomó ambas píldoras que se deshacían con lentitud en el charco ácido. Con una mano húmeda se las llevó nuevamente a la boca. La garganta, como si fuera un espectador más, vio pasar aquellas píldoras.
—No creo que funcionen así —interrumpió el hombre mientras intentaba alejar la mirada de la escena.
Las manos, necias, recogieron más del charco ácido. Llevaron más de ese rancio sabor a la boca de su dueña.
—No, no, detente —suplicó. Los brazos trabajaban con una energía que no había visto en ellos hace años. Como si aquel periodo de hibernación hubiese existido para guardar energía solo para ese momento. Con movimientos mecánicos, se estiraban, tomaban un poco del líquido y se contraían para volver a repetir una vez que habían vaciado su carga.
—Es la única manera —Lágrimas brotaban de sus ojos, se mezclaban con las manchas de su boca.
Poco a poco, como si una máquina se apagase. El movimiento de aquellos brazos cesó. El cuerpo, alguna vez erguido, alguna vez danzante, alguna vez con un control fino de sí mismo, cayó como una piedra sobre un charco. No se movía. Las pestañas, empapadas, patinaban trazando un arco en su recorrido al cerrar los párpados.
Y el silencio hizo presencia.
—Es la única manera —dijo el hombre. Aún de pie.